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Con 25 años Ian Livingstone y su amigo Steve Jackson decidieron dejar todo y montar su propio negocio a lo grande: querían convertir Games Workshop (una pequeña compañía de juegos de mesa a la que dedicaban su tiempo libre) en un referente para los aficionados al rol en Gran Bretaña. Y contaban para ello con un aliado sorprendente, puesto que el gigante estadounidense Dungeons and Dragons los habían elegido para ser sus distribuidores en Europa. Livingstone y Jackson alquilaron entonces una oficina, compraron una furgoneta y se hicieron socios de un club de squash. Esta última decisión no se debió a que pretendían socializar con ricachones para buscar nuevos inversores, sino a que necesitaban un lugar en el que ducharse tras ser desahuciados por su casera. Así que en 1975, los fundadores de la que iba a ser una empresa mítica para los jugadores de rol de todo el mundo, dormían apretados en una furgoneta. Un presente poco halagüeño que cambió muy pronto: tan sólo dos años después, abrían su primera tienda en Inglaterra. Games Workshop se convirtió en un par de décadas en un gigante del sector, pasando de la distribución a la producción (con títulos emblemáticos como la saga Warhammer o El señor de los anillos) y permitiendo además que Livingstone y Jackson diversificaran sus actividades. Híperactivos por elección, ambos se lanzaron a la escritura con la saga Fighting Fantasy, una serie de libros juego que también fueron un éxito, llegando a vender 14 millones de ejemplares en todo el mundo.

En 1991, recién estrenada la cuarentena, Ian Livingstone había vendido Games Workshop y se estaba convirtiendo en un millonario ocioso, aburrido de los coches de lujo, los yates y los campos de golf. Así que invirtió su tiempo y su dinero en crear otro mito: dio el salto a los videojuegos y compró Core Desing, compañía que iba a desarrollar Tomb Raider, un título imprescindible (y también millonario).

Convertido en una especie de rey Midas de lo lúdico, Livingstone ha decidido ahora dedicar sus esfuerzos a la educación. Y lo quiere hacer trasladando lo aprendido en el mundo de los videojuegos a las aulas. Asegura que “si eres capaz de dejar a un lado los prejuicios, lo que ocurre cognitivamente cuando alguien juega es resolución de problemas, aprendizaje intuitivo, creatividad, poder fallar en un entorno seguro. Un montón de habilidades que nos sirven en la vida”. La demostración práctica de esta teoría podrá verse aplicada muy pronto en las academias que llevan su nombre, escuelas gratuitas en las que la tecnología tendrá una fuerte presencia. Livingstone, que aborrece la seriedad académica, coincide con las ideas de su compatriota Ken Robinson, uno de los educadores más reconocidos del mundo. Robinson, que lleva años defendiendo la necesidad de una profunda transformación en la forma en que enseñamos a los niños, afirma que “necesitamos profesores que no solo sean capaces de enseñar cosas, sino que dejen a los niños espacios para cultivar sus talentos”. Son, precisamente, ese tipo de educadores los que busca Livingstone para sus escuelas. Profesores capaces de relacionar los distintos conocimientos de una forma transversal y enseñar a las nuevas generaciones a desarrollar su creatividad. Una forma de construir el futuro y, de paso, formar adultos más críticos y conscientes del mundo que les espera. Una oportunidad que, en esta sociedad plagada de desigualdades, todos deberíamos tener. Así lo siente este jugador y aventurero empedernido enemigo de las etiquetas, quien en una entrevista a The Independent en 1998 ya señalaba sus valores: “Siempre he odiado a la gente que se cree superior. Puede que algunos tengan más éxito, pero eso no les hace mejores”.

Texto: José L. Álvarez Cedena

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